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IA en niños: ¿legislar el algoritmo o preparar el ambiente?

Un niño concentrado construye una torre de madera en un ambiente Montessori, mientras una tableta permanece olvidada en un

El fantasma en la máquina… de gobierno

Que un gobierno, en este caso el de México, despierte al debate sobre la inteligencia artificial y la infancia es una noticia que se puede leer de dos maneras. La primera, como un gesto de responsabilidad tardía, una especie de bombero que llega cuando la casa ya es un esqueleto de cenizas humeantes. La segunda, más interesante, como el síntoma de una colisión inevitable: el choque entre la lógica lenta, burocrática y analógica del Estado, y la velocidad cuántica, opaca y ubicua de la tecnología. La presidenta Sheinbaum habla de «iniciar un debate» y «tomar decisiones» sobre la exposición de los niños a las pantallas y la IA, citando daños cognitivos, ansiedad y adicción. El diagnóstico es correcto; la terapéutica propuesta, sin embargo, huele a naftalina conceptual.

El problema no es que el Estado quiera regular. El problema es que intenta regular un ecosistema que no entiende, aplicando un manual de derecho administrativo a un problema que tiene más que ver con la ontología que con la salud pública. Se habla de prohibir celulares en las aulas o, y aquí la imaginación burocrática alcanza cotas de arte naíf, de crear «una canción muy pegajosa» para que los niños se vayan a dormir. Uno casi puede imaginar el comité intersecretarial discutiendo la métrica y el estribillo. Es como intentar apagar un incendio forestal con una pistola de agua o, para ser más precisos, como intentar explicarle la Cábala a una licuadora. La herramienta es inadecuada para la naturaleza del problema.

El algoritmo contra el ambiente preparado

La preocupación gubernamental se centra en los síntomas: pérdida de sueño, problemas de socialización, ansiedad. Estos son los datos duros, los que caben en una encuesta y justifican una política pública. Pero el origen del mal es más sutil y profundo. No es la pantalla en sí misma, sino el universo que contiene: un entorno diseñado con la precisión de un neurocirujano para secuestrar la atención y monetizarla. Cada notificación, cada *scroll* infinito, cada recomendación algorítmica es una pieza de una maquinaria de extracción de voluntad.

Frente a este entorno, la propuesta Montessori —que es, en esencia, una propuesta sobre la arquitectura de la libertad— cobra una relevancia dramática. El método no se basa en prohibir lo caótico, sino en ofrecer un orden tan atractivo, tan lleno de propósito, que el caos pierde su encanto. Hablamos del ambiente preparado, un concepto que va mucho más allá del mobiliario a escala infantil. Es un ecosistema psicológico, una ecología del aprendizaje donde cada objeto, cada silencio y cada actividad tiene una razón de ser, un *telos* que apunta al desarrollo autónomo del niño. El algoritmo de TikTok también tiene un *telos*: mantener los ojos pegados a la pantalla el mayor tiempo posible. Son dos teleologías en guerra por el alma infantil.

La propuesta de una regulación estatal, con sus leyes y canciones pegajosas, se queda en la superficie. Intenta poner vallas en un campo inundado. El verdadero trabajo no es construir prohibiciones externas, sino cultivar un criterio interno. No se trata de quitarle el celular al niño, sino de darle un mundo real tan fascinante que el digital se convierta en una herramienta más, y no en el único refugio posible.

Entrenar al caballero, no prohibir al dragón

La discusión, tal como la plantea la fuente, parece oscilar entre dos polos: la libertad de mercado tecnológico y la intervención paternalista del Estado. Es una falsa dicotomía. La solución no es una ley que dicte las horas de uso del iPad, sino una pedagogía que fortalezca la voluntad y la capacidad de elección del niño. Si un niño pasa ocho horas diarias en un videojuego no es (solo) porque el juego sea adictivo, sino porque el resto de su mundo quizás carece de la sensación de propósito, maestría y autonomía que el juego, artificialmente, le provee.

Aquí es donde el enfoque se vuelve radicalmente distinto. En lugar de ver al niño como una víctima pasiva a la que hay que proteger con normativas, lo vemos como un agente activo al que hay que equipar con herramientas internas. Esto implica una educación que fomente la concentración profunda, el trabajo manual con sentido, la interacción social no mediada y, sobre todo, la capacidad de aburrirse. El aburrimiento, ese gran tabú de la modernidad, es el lienzo en blanco donde la imaginación empieza a pintar. Los algoritmos son el enemigo mortal del aburrimiento; lo llenan con un flujo incesante de estímulos predigeridos.

Así, el debate propuesto por el gobierno mexicano, aunque bienintencionado, es una invitación a pensar más allá de sus propios términos. No necesitamos una canción del Estado para apagar los celulares. Necesitamos familias y escuelas que canten la canción de un mundo real, complejo y maravilloso. Un mundo donde leer un cuento no sea la alternativa a la pantalla, sino una experiencia intrínsecamente más rica. No se trata de censurar, como temen algunos críticos, sino de educar el deseo. Al final, no combatimos a un dragón con un memorando. Entrenamos a un caballero para que sepa cuándo desenvainar la espada, cuándo dialogar y cuándo, simplemente, dejar a la bestia en paz y seguir su propio camino.

Fuente original: Sheinbaum evalúa legislar uso de la IA en niños y niñas – La Razón de México

IA en niños en la práctica educativa

Este enfoque ayuda a traducir los hallazgos del artículo en acciones observables para aula, familia y comunidad escolar.

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