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IA y educación Montessori: habilidades para el futuro

Niños colaboran con materiales Montessori junto a una computadora en un aula luminosa.

IA y educación Montessori parecen, a primera vista, habitantes de barrios distintos. Una habla de agentes digitales, automatización y productividad; la otra observa manos pequeñas que ordenan, comparan, corrigen y vuelven a intentar. Sin embargo, ambas se encuentran en la pregunta decisiva: ¿qué capacidades necesitará una persona para actuar con autonomía en un mundo que cambia mientras intentamos explicarlo?

Una entrevista publicada por La Tercera ofrece cifras útiles para pensar el asunto sin caer en la liturgia tecnológica. Según un estudio de McKinsey Global Institute citado en la nota, el 56% de las horas laborales actuales en Chile podría automatizarse con tecnologías existentes. El 44% restante todavía requeriría capacidades humanas. Pero hay una diferencia importante —y con frecuencia olvidada por los profetas del apocalipsis laboral— entre lo técnicamente posible y lo realmente adoptado: para 2030, la proyección media de adopción sería del 14%.

Automatizar horas no equivale a borrar personas

El estudio analiza tareas, no profesiones como bloques indivisibles. Un puesto puede contener una pequeña proporción de actividades automatizables sin que la función completa desaparezca. La tecnología quizá redacte un informe, ordene información o ejecute una rutina; eso no significa que pueda comprender por sí sola el contexto humano en el que ese trabajo adquiere sentido.

Esta distinción resulta esencial para familias y escuelas. Preparar a un niño para el futuro no consiste en adivinar el nombre de su empleo dentro de veinte años. Sería como diseñar una brújula intentando anticipar cada piedra del camino. La tarea educativa es formar orientación: capacidad para aprender, discriminar, colaborar, asumir responsabilidad y reconstruir el propio conocimiento cuando el mapa deja de coincidir con el territorio.

La entrevista estima que la automatización podría generar hacia 2030 unos US$14.300 millones de valor económico anual en Chile, principalmente en sectores intensivos en conocimiento. Sin embargo, el valor no estaría únicamente en ahorrar horas, sino en aquello nuevo que las personas y organizaciones podrían hacer con el tiempo y las capacidades liberadas.

La fluidez tecnológica no es obediencia digital

Chile aparece en el informe como el mercado analizado con mayor crecimiento en demanda de fluidez en inteligencia artificial: las personas en ocupaciones que requerían esa capacidad pasaron de 20 mil a 576 mil entre 2023 y 2025, un aumento de 28,7 veces. El dato es chileno, pero la pregunta atraviesa fronteras: ¿qué significa realmente ser fluido en IA?

No basta con saber escribir una instrucción elegante para una plataforma. Eso puede aprenderse con relativa rapidez y, como toda receta tecnológica, también puede caducar antes que el yogur del refrigerador. La fluidez auténtica exige comprender posibilidades, límites, errores y consecuencias. Incluye saber cuándo utilizar una herramienta, cuándo verificarla y cuándo apartarla porque la situación reclama observación, conversación o juicio propio.

En educación, esta diferencia separa al usuario competente del usuario domesticado. El primero emplea la tecnología con propósito; el segundo pulsa botones con una fe que habría conmovido a los antiguos oráculos. Una escuela responsable no debería formar devotos de la novedad, sino personas capaces de interrogarla.

Lo que el ambiente Montessori ya pone en juego

La educación Montessori no necesita disfrazarse de empresa tecnológica para dialogar con el futuro del trabajo. Muchas de las capacidades relevantes ya se cultivan mediante la actividad independiente, la elección responsable, el trabajo sostenido, la colaboración y la corrección del error. En la comunidad de Montessori México, esta conversación puede situarse donde corresponde: en el desarrollo humano, no solamente en el catálogo de dispositivos.

Ante la automatización, conviene fortalecer experiencias que permitan a niños y adolescentes:

  • Concentrarse durante periodos prolongados, incluso cuando ninguna pantalla reparte recompensas cada siete segundos.
  • Detectar y corregir errores sin interpretar la equivocación como una catástrofe moral.
  • Tomar decisiones con criterios, no únicamente seguir instrucciones bien empaquetadas.
  • Trabajar con otros, escuchar perspectivas y resolver tensiones reales.
  • Relacionar saberes de ciencia, historia, lenguaje, economía y vida cotidiana.
  • Usar herramientas con independencia, comprendiendo que toda herramienta amplía algunas capacidades y puede atrofiar otras.

Estas disposiciones no son habilidades blandas en el sentido decorativo del término. Son la infraestructura humana de cualquier aprendizaje posterior. Un agente digital puede producir veinte alternativas en segundos; alguien debe reconocer cuál es pertinente, ética, absurda o simplemente una frase con corbata.

Reimaginar la escuela, no digitalizar sus rutinas

Jaime Szigethi, ejecutivo de McKinsey entrevistado en la fuente, sostiene que las organizaciones obtienen poco si se limitan a automatizar tareas sin reconsiderar el proceso completo. La advertencia también sirve para las escuelas. Trasladar una ficha a una tableta no transforma la educación; apenas cambia la textura del mobiliario.

Reimaginar exige preguntas más incómodas: ¿qué actividades permiten pensar de verdad?, ¿cuáles existen sólo por costumbre?, ¿dónde aporta la IA y dónde interrumpe una experiencia necesaria?, ¿cómo se protege la privacidad?, ¿quién responde cuando una herramienta ofrece información falsa o sesgada?

Para los equipos directivos, esto implica acompañar a los educadores, abrir espacios de experimentación acotada y acordar criterios comunes. Para las familias, supone evitar dos extremos igualmente cómodos: prohibir toda tecnología como si fuera un demonio doméstico o entregarla sin mediación como si fuera una niñera metafísica.

El futuro todavía necesita infancia

La transición laboral puede desplazar funciones y exigir reconversión. La propia entrevista subraya la necesidad de invertir en las personas y prepararlas para pasar hacia tareas apoyadas por tecnología. En Chile, además, esta discusión se vincula con un menor impulso demográfico y con la búsqueda de productividad; en otros países cambiarán las condiciones económicas, pero no el desafío educativo de fondo.

El porvenir no pertenece automáticamente a quien use más IA, sino a quien pueda utilizarla sin entregar a cambio su criterio, su imaginación y su responsabilidad. Antes de preguntar qué herramienta debe dominar un niño, conviene preguntar qué clase de persona estamos ayudando a formar. La máquina puede acelerar el viaje. Elegir el destino sigue siendo un problema profundamente humano.

Fuente original: Jaime Szigethi, de McKinsey: “Si no estás haciendo nada a escala (con IA) en los próximos dos años, probablemente estás lento” – La Tercera

IA y educación Montessori en la práctica educativa

Este enfoque ayuda a traducir los hallazgos del artículo en acciones observables para aula, familia y comunidad escolar.

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