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Tiempo de pantalla: menos dispositivo, más criterio

Niños escriben con lápiz y papel en un aula mientras una tableta permanece cerrada sobre la mesa

Por Carlos Alfonso Romero

El tiempo de pantalla ha empezado a recibir el trato que durante años se reservó a la sal, el azúcar y otros placeres civilizatorios: ya no basta con preguntar si es bueno o malo; hay que mirar cuánto, para qué y a costa de qué. La discusión llegó con particular nitidez a Nueva Gales del Sur, Australia, donde el gobierno anunció límites obligatorios para el uso de dispositivos personales en las escuelas públicas.

La medida no declara la guerra a la tecnología. Tampoco propone convertir el aula en una ilustración victoriana, con tinteros, pupitres severos y un adulto vigilando la caligrafía como si fuera la frontera moral de Occidente. Su intención es más concreta: impedir que la pantalla se convierta en la opción automática para enseñar, practicar o asignar tareas.

Qué límites propone Nueva Gales del Sur

Las regulaciones entrarán en vigor de manera obligatoria en 2028, después de una etapa inicial de recomendaciones. El esquema establece topes distintos según la edad:

  • De Kindergarten a segundo año: hasta 15 minutos diarios en tabletas o computadoras individuales.
  • Tercer y cuarto año: hasta 30 minutos al día.
  • Quinto y sexto año: hasta 45 minutos diarios.
  • De séptimo a décimo: los dispositivos podrán ocupar como máximo una cuarta parte del tiempo de cada asignatura.
  • En los últimos años de secundaria: podrán utilizarse hasta durante la mitad del tiempo de aprendizaje.

También se preparan orientaciones para reducir las tareas que exigen pantallas. En el caso de estudiantes menores de quinto año, la recomendación será no asignarlas. A la vez, las escuelas deberán procurar al menos una hora diaria de trabajo con lápiz y papel.

La ministra estatal de Educación, Prue Car, sostuvo que las familias desean un uso intencional de las pantallas, no su adopción por defecto. Según los datos citados por el gobierno, algunos estudiantes pasan hasta siete horas diarias frente a ellas, mientras las habilidades de lectura y escritura muestran retrocesos. La pediatra principal del estado, Helen Goodwin, añadió que el exceso puede desplazar actividades cotidianas necesarias para el crecimiento y el desarrollo.

Una pregunta muy Montessori: ¿qué trabajo permite?

Desde una mirada Montessori, el asunto no se resuelve sustituyendo cada tableta por un cuaderno, como quien cambia de estampita pedagógica. La pregunta decisiva es otra: ¿qué tipo de actividad realiza el niño y qué capacidades pone en juego?

Un dispositivo puede servir para investigar, documentar, crear o comunicarse. También puede reducir al estudiante a pulsar opciones diseñadas por otra persona, bajo una lluvia de recompensas y estímulos. El lápiz tampoco posee santidad automática: una página de ejercicios mecánicos puede ser tan intelectualmente pobre como una aplicación llena de fuegos artificiales.

La diferencia está en la calidad del trabajo, la autonomía que exige y la relación que establece con el mundo. En un ambiente preparado, los materiales no ocupan espacio porque luzcan modernos o tradicionales. Están allí por una razón formativa. Esta misma exigencia debería aplicarse a la tecnología en las comunidades educativas vinculadas con Montessori México y en cualquier escuela que aspire a proteger la concentración.

Lápiz y papel: una tecnología sin notificaciones

Escribir a mano tiene una virtud casi subversiva: no ofrece ventanas emergentes. El papel no recomienda otro video, no vibra y no transforma cada pausa en una oportunidad comercial. Obliga a permanecer ante la frase, incluso cuando la frase se resiste como gato frente al baño.

Pero defender el trabajo manual no significa rendir culto nostálgico al pasado. Significa reconocer que el ritmo también educa. Dibujar una letra, ordenar una operación o construir un esquema sobre una hoja introduce una demora fértil entre la idea y su representación. Esa demora puede dar espacio para observar, corregir y decidir.

La propuesta australiana resulta valiosa precisamente porque no elimina la alfabetización digital. Busca reducir el impacto acumulado del tiempo frente a pantallas y conservar experiencias que la interfaz tiende a comprimir: escribir, manipular, conversar, leer sin hipervínculos y sostener una tarea sin que el entorno solicite atención cada pocos segundos.

Del control horario al criterio pedagógico

Un límite de minutos puede contener el problema, pero no sustituye el juicio del educador. Una escuela podría cumplir escrupulosamente el reloj y seguir utilizando la tecnología de manera irrelevante. La burocracia, criatura imaginativa, sabe convertir hasta una buena idea en una casilla marcada.

Antes de introducir una pantalla conviene preguntar:

  • ¿La herramienta permite algo que no puede realizarse mejor con materiales físicos, libros, conversación u observación directa?
  • ¿El estudiante crea, investiga y toma decisiones, o solamente consume una secuencia?
  • ¿La actividad favorece concentración prolongada o fragmenta la atención?
  • ¿El dispositivo amplía la relación con el mundo o reemplaza una experiencia concreta disponible?
  • ¿Existe un inicio y un cierre claros, o la conexión queda abierta como una puerta en medio de la noche?

Estas preguntas son más útiles que la oposición simplista entre “escuela digital” y “escuela tradicional”. La tecnología no es un demonio portátil, pero tampoco un maestro neutral. Toda interfaz propone una forma de mirar, elegir y esperar.

Una conversación de alcance internacional

Nueva Gales del Sur no está diseñando una receta universal. Las escuelas operan con recursos, edades y contextos culturales distintos. Sin embargo, su decisión ofrece a familias, educadores y directivos una pregunta transferible: ¿la pantalla está al servicio del propósito educativo o el propósito educativo se ha adaptado a la pantalla?

La educación digital responsable no consiste en preparar niños para tocar más botones. Consiste en ayudarlos a comprender cuándo una herramienta merece entrar en escena y cuándo conviene dejarla fuera. Educar el criterio quizá sea la alfabetización digital más importante. Todo lo demás corre el riesgo de ser apenas capacitación para obedecer interfaces.

Fuente original: NSW to put strict caps on screen time in classrooms while pushing for ‘pen and paper’ learning | New South Wales | The Guardian

tiempo de pantalla en la práctica educativa

Este enfoque ayuda a traducir los hallazgos del artículo en acciones observables para aula, familia y comunidad escolar.

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